martes, 29 de abril de 2014

Fragmentos de "Temblor de cielo", de Vicente Huidobro

Mirad, mirad, hay un incendio en la luna.
Vestida de blanco, Isolda venía como una nube.
Entonces la luna empezó a caer envuelta en llamas. En las playas danzaba un reflejo de fuego.
Los espectros salen uno a uno de cada ola que se levanta. Vosotros que estáis allí escondidos, llegó la hora de temblar ante la voracidad de la muerte.
El sol poniente hace una aureola sobre la cabeza del último náufrago que flota a la deriva sin oír más los cantos de la orilla.
Los lobos se pasean con los ojos brillantes entre las ramas de la noche, enlazados estrechamente y llorando sin causa precisa.
El hombre aquel, más grande que los otros, abre la boca en medio del jardín y empieza a tragar luciérnagas durante horas enteras.
Los árboles están retorcidos a causa de un dolor extraño. Y millares de meteoros que caen del cielo forman espirales en la atmósfera nuestra como si fueran piedras en el agua.
Un humo espeso sale de todos lados. Ahora sólo brillan los ojos de los lobos y el hombre lleno de luciérnagas. Todo lo demás es penumbra.
La montaña abre sus puertas y el ciego entra con los brazos extendidos.
Hay un árbol, un árbol grueso que se retuerce en el fuego del crepúsculo.
Arriba se está meciendo un planeta recién nacido.
Caen aureolas sobre la tierra. Una detrás de otra van cayendo cientos de aureolas sobre la tierra, algunas sobre ciertas cabezas… ¿Y nada más?
Una isla de palmeras surge del mar para los novios que se pasean enlazados.
Algún día uno de ellos encontrará la cabeza que se le había perdido,inmóvil en el mismo sitio en que la perdiera.
¿Cuándo? ¿En dónde? ¿Cuál de ellos?
He ahí el suplicio, Isolda, detrás de la montaña. He allí el suplicio.
Las selvas migratorias no llegarán tan lejos.
Hay una sandalia sola en medio de la tierra.
La marcha de las tardes que pasan se siente en el fondo del mar. En el momento éste en que todo se torna brillante de ebriedad.
Hay un sombrero más allá a la altura de una cabeza.
Hay un bastón clavado en el suelo y a la altura de una mano.
Y no hay nada más. Porque ninguno de vosotros puede ver el fantasma que sonríe al perro en este instante.
Ninguno sabe por qué se movieron las cortinas detrás de la cama. Ni por qué se sonrojaron las mejillas de Isolda como dos cortinas que se corren.


El palacio tiene escalinatas que no se sabe dónde terminan, las columnas sostienen ojivas de planeta a planeta y en todos los jarrones hay cabezas cortadas.
A través de las rejas se ve la eternidad dormida con una placidez indescriptible. ¿Qué más quieres?
Ese es tu destino. Deja a cada cual su libertad que está al principio o al final del vuelo como una rama o un puerto. Y ahora calla.
El moribundo aprieta los labios para que no huya el pájaro definitivo a cantar su romanza sobre otras rocas.
Todo obedece a la cadencia de una voz que nadie sabe de dónde cae.
He ahí el destino de la mariposa magnética.
He ahí el esqueleto aguardando pacientemente su hora, escondido en las sombras. El esqueleto final que jugará al ajedrez bajo su casa de tierra, mientras viven sus sombreros en las calles ajenas.
Y podéis llorar porque semejante es el horóscopo del árbol.
Esconded las caricias en las cavernas de los pájaros polares en donde el hombre se clava estalactitas en los ojos y la mujer corre saltando entre los icebergs.
Isolda, ya viene el huracán asolando el cementerio de las miradas,ya viene el huracán con la velocidad de los planetas lanzados al destino.
Escondámonos en las más hondas catacumbas y allí grabemos nuestro nombre en las piedras sensibles junto al nicho en donde debemos acostarnos por la eternidad.
Allí los curiosos de mañana encontrarán nuestras calaveras y nuestros huesos mezclados.
Sangra la frente del Tiempo en la oscuridad sin reposo de la noche,sangra destrozada por montañas de espinas.
¡Qué importa!
En la terraza de la última cima mi garganta estuvo tragándose todos los truenos del cielo y mis dedos acariciaron el lomo de los relámpagos, mientras el sol detrás de la noche rehacía sus huestes y se preparaba para el ataque del día siguiente.
¿Oyes el ruido de las olas que se estrellan a causa de la oscuridad?


No dejes que la luna te desnude, ni que te cuelguen de cualquier estrella lo mismo que los ahorcados por hermosos delitos, los ahorcados que se columpian sobre la eternidad.
¡Qué te importa si el galán se arroja de la torre y pierde la vista en el camino!
Déjalo en paz. Dirás que sus ojos supieron morir con un sobrio heroísmo. No faltará quien recoja los cantos del galán volcánico,ni quien encienda una bujía en su memoria o ponga una corona amenazante en su cabeza de muerto, en donde sólo los ojos guardan aún una cierta vida y se levanta en puntillas todas las mañanas para ira sembrar la agitación en tu pecho endurecido.
Cantas, ¡oh inconsciente!, mientras agonizan las serpientes de tus brazos como las bayaderas de los templos.
Las olas son lentas para morir.
¿Oyes clavar el ataúd del mar?
Isolda, aquella otra también murió. El, el culpable, se aleja por el último camino acompañado de sus crímenes.
Todas murieron. Fueron desembarcando las estatuas en las diversas estaciones.
Con la sonrisa atada aquélla se quedó en medio de los campos. Pero hay una que encalló en las arenas de mi memoria y se sustenta de mis células.

Un día volamos enlazados sobre las cimas efervescentes. Juntos rodamos al abismo ilimitado y allí elevamos las brujerías del sexo aun rito de naufragio sin defensa.

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