viernes, 16 de septiembre de 2011

De "En las orillas del Sar" (II)

  Cuando recuerdo del ancho bosque
     el mar dorado
de hojas marchitas que en el otoño
agita el viento con soplo blando,
tan honda angustia nubla mi alma,
     turba mi pecho,
que me pregunto: "¿Por qué tan cerca,
tan fiel memoria me ha dado el cielo?"

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  En sus ojos rasgados y azules,
donde brilla el candor de los ángeles,
ver creía la sombra siniestra
    de todos los males.

  En sus anchas y negras pupilas,
donde luz y tiniebla combaten,
ver creía el sereno y hermoso
resplandor de la dicha inefable.

  Del amor espejismos traidores,
     risueños, fugaces...,
cuando vuestro fulgor sobrehumano
se disipa... ¡qué densas, qué grandes
son las sombras que envuelven las almas
a quienes con vuestros reflejos cegasteis!

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  De polvo y fango nacidos,
fango y polvo nos tornamos;
¿por qué, pues, tanto luchamos
si hemos de caer vencidos?

  Cuando esto piensa humilde y temerosa,
     como tiembla la rosa
     del viento al soplo airado,
tiembla y busca el rincón más ignorado
para morir en paz si no dichosa.

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  Siente unas lástimas,
¡pero qué lástimas!
Y tan extrañas y hondas ternuras...,
¡pero qué extrañas!

  Llora a mares por ellos,
les viste la mortaja
y les hace las honras...
después de que los mata.

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Rosalía de Castro.

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